Poesía de I.S. Merlin

Thursday, October 12, 2006

Prólogo

Ellos olfatean en la distancia que no soy de su manada.
Yo entro,
me acomodo y les miro,
sonrío.
Ellos presienten algo en mi olor que no se identifica,
que les es extraño,
misterioso,
sospechoso.
Me observan con recelo y escucho la sinfonía de sus dientes,
el rumor de su sórdida sed,
su mortecina rabia al caer en el vacío temeroso de sus sombras.
Ellos olfatean que no soy de su manada
y se arrojan sobre mí...

Memorias del infierno

Ya veo las chimeneas de la ciudad,
ya se siente su aire mortecino desfilar por mi épico rostro,
el olor a tabaco y alcohol de los extranjeros y las putas
despiertan mis oscuros recuerdos,
los fúnebres días de dolor y agonía perdidos en sus hastiadas calles,
las negras noches bajo el vacío de la luna perversa,
las largas avenidas de las tardes de estío sin tu cuerpo,
sin tu voz.
La ciudad es la misma pero no es ella,
en la memoria que me traiciona
con sus fríos pasos por los ojos acuchillados
con la misma muerte en los huesos.
El que viaja retorna con la misma sed labradrando en la garganta,
algo nuevo ya no espera,
sabe que se engaña y se entrega a la mansedumbre de la memoria.
La duda es terrible,
soberbia,
y tú eres la ciudad,
su imagen en el charco,
todas sus ruinas.
Tanto tiempo has estado en ella que se confunde contigo,
con la distancia de tus pasos,
con los muros que te impone el olvido.
Tanto,
tantos mares por tus venas.
Para morir en ella.
La ciudad es una trampa.

El carpintero de Belén

Yo, el carpintero de Belén,
quien no negó los fundamentos de sus reyes,
que no tuve casta, ni pródigos, ni leyendas memorables;
escuché en silencio la mentira de Moisés,
el misterio de su pueblo destinado al crimen.

Soy un hombre que tuvo el pan del sudor de la madera,
no fui nombrado por biógrafos ni enciclopedistas,
no fui la memoria del judío errante,
no me fueron dados los sueños del extraño paraíso.

Todos aluden al sortilegio de la cruz,
hablan en silencio del traidor ahorcado,
oran a la virgen que no fue sino su amante,
mis lamentos y mi muerte de eterna soledad.

Nadie pregunta el origen de mis padres,
de dónde vengo o a dónde fui,
quiénes fueron los magos que predijeron mi exilio,
quién se sacrificó al fuego de mi hogar
cuando fui abandonado por mi mujer y mi hijo
y mendigué por las calles del sabio Salomón
con una rosa en la mano y una espada en la frente.

Como un ermitaño cansado de todo
me abandoné en los bosques como una bestia más;
las noches y los días fueron mi templo alucinado,
mi justificación ante Dios que no conocí,
el Dios que se negó a la muerte,
el Dios de nadie.

Nunca preguntaron qué vino preferí,
cuánta humillación tuve que callar,
cuántas cruces arrastré con mis ojos atados;
soy la memoria irrumpiendo en la noche blanca.

Yo, carpintero de Belén.
No me fueron dados jardines ni pesebres,
ni una estrella negra en el abismo de mi nacimiento,
ni un espejo llorando sucias lágrimas verdes,
ni un piedra sagrada para morir sin comprender los
destinos,
ni la sombra,
ni la nada.

No me fue dada la visión de la historia,
el memorial,
la vida.

Mi hijo renunció a mi sangre
para inyectarme el veneno del Dios en las iglesias;
mi amante se entregó al festín de los santos.

Soy un hombre que sólo vivió de leyendas y mitos,
un hombre más que llegó para ser olvidado
en la soledad de un libro.

I

Hojas que caen sobre el cuerpo como puñales sin huellas,
sin nombres,
sin manos para contenerlos en el río de sangre.
Igual a un cazador de profeta soy el disparo y la fiera herida,
no soy nadie,
y la vastedad del traslucido cielo reflejando las cicatrices,
la agonía de un penitente,
de un Dios que se oculta en mis actos y muere con los crepúsculos,
con las ruinas de mi vida.
Todos cargamos esa cruz infinita e insondable,
las hay de diversas fibras,
de distintos pesos,
la mía es de duro hierro encendido,
y voy a Roma o a Jerusalén para que alguien clave mi designio.
Yo no vivo,
me viven:
el tiempo,
la distancia,
el engaño de los sueños,
las oscuras bibliotecas del recuerdo,
el instinto,
los deseos,
el alcohol y las mujeres.
La muerte.
Yo no he vivido.
Me viven como la historia.
Hojas que caen como la muerte.

María

A Milagros

Por qué te ocultas en ese silencio oceánico,
en ese abismo conjurado y metafísico de los horóscopos
saboreando las manzanas que heredamos del único festín.
Todos saben que mi vida fue una doctrina del sueño,
un nombre sangriento en los ojos de mi madre,
una parábola en la noche muerta,
un arduo y espléndido monumento de mí mismo,
de un hombre naufragando en el desierto de las aguas muertas,
como un sonámbulo del recuerdo encarcelado en los evangelios de la vida.
Aún se escucha mi grito en los arrecifes de la madrugada
que te buscan por las calles y los templos,
por el dialecto de las sombras que reflejan los ríos
donde lloro eternamente.
Mi vida no es un lamento,
un conjuro del sueño sin fin,
es el frío bailando en tus ojos,
es la noche bebiendo su obstinado rigor de enamorada,
es el infierno del suicida frente al espejo de su historia,
es el hombre que se pudre en el reino de la cruz,
callando, soñando, póstumo,
muriendo en los arhivos de la memoria desnuda y sola.
Es quien busca en los ojos de los reptiles
y en las pieles de las bestias
asesinar el dolor de tanta ausencia,
el dolor de tus labios sangrando en mi cuerpo
como los ángeles que se revelaron a su signo.

No sé si pueda arrancarme los ojos
y no ver nunca más
todo ese ritual de muertos que me rodea,
de muertos bendiciendo el recuerdo de mi raza maldita.
Muero en mi propia muerte,
y mis manos se llagan sujetando a un Dios que en silencio agoniza,
un Dios perverso,
irreverente,
que también fue hombre,
en aquella última noche cuando los magos achevillaban
las inauditas amantes que dejaron los parias y los judas.
María:
dónde están los poetas,
esos brujos cansados de la ciudad olvidada en tu corazón,
en tus sueños más íntimos.
Es tiempo ya de levantar su canto,
los mares que la recorren,
la miseria de los díasd.
Cada cual con su linaje,
con el vino más antiguo,
como la mujer que lo justifica como hechicero de su historia.
Miradme aquí,
arrodillado ante la esfinge de la muerte,
y mi voz llega a donde no alcanzan los ojos.
Cómo arrancar de mi alma ese tatuaje cabalístico,
esa rosa amarga que son los sueños.

La meditación de Judas

La soga es larga como la noche abismal desterrada con los cuerpos,
a lo lejos alguien pronuncia un nombre con asco
y una devastada multitud escupe al rostro callado que se acerca a la cruz,
al centro de la profecía,
como un cuervo sacerdotal comiendo de mi frágil hombro.
La moneda fue tirada hace siglos al oscuro rostro del olvido que se sueña,
para que el acto se reflejara en el instante marcado en el espejo del destino,
en la sombra del mediodía por donde sueñan los muertos sin sepultura,
en esta esfera seductora donde giran mis ojos cansados por el crimen,
por la antigua garganta de la duda,
bajo el frío azar del que, a ciegas, busca su camino en el corazón.
Tu suerte pudo ser otra
y mi voz hoy sería un canto tibio,
un manso río de lunas bailando en las tardes de octubre;
pero ya había sido escrito en la locura lo que acontecería en la otra cara del
tiempo,
en el otro sueño de la muerte,
en la mirada inmemorial de un dios enterrado por sus lágrimas,
en sí mismo.
(Si Dios creó las cosas, quién lo creó a él).
Ahora eres un símbolo, una la blasfemia, un crimen recorriendo su nacimiento,
la adoración y la inquietud solitarias tras las frentes,
lo que te salva y te justifica en tu olvidada aurora
en el libro que te contempla desde las columnas del universo,
el ruego de una mano perdida en el gesto;
la tradición y la miseria de llegar demasiado pronto,
demasiado tarde,
de venir navegando con la luz y borrarte en el naufragio de las sombras.
Nada significa tu pasado,
el nombre de una mujer oculto en tus días febriles,
o el hijo que fue acaso un adjetivado sueño silencioso,
una agonía en el largo camino a ninguna parte
como quien escucha su entierro desde las blancas nubes de un tren.
Sentí el olor de lo divino,
la dulzura de unos ojos que lo han vivido todo clavados en mi pecho,
como una tierra de prodigios llorando los pasos del encuentro;
sabías que el hombre es siempre el hombre preso en su instinto
y algo hay que está vedado en su destino,
algo que sólo se da a conocer ya cumplida la jornada,
ya examinado su último alarido,
su último intento.
La sangre danza en el destino que se revela de golpe,
sin piedad para el que se hunde en el polvo de su nombre
y no puede elegir ya,
su verdad final ante sí mismo.
Por mucho que nos esforcemos siempre somos culpables,
y la historia será inmerecida.

(s/t)

Arrodillado el destino en el camino
como rígidos pliegues inmóviles,
inasequibles a todo ruego a toda pregunta,
mis ojos graves,
detenidos como piedras sobrehumanas,
nada dicen y ocultan el recuerdo de las noches,
del rayo soñado en la boca de oro de un ídolo perdido.
Soy una pregunta en los evangelios de la vida,
un antiguo dios por las riberas de los sueños
que llama por tu nombre todas las cosas.
Soy el náufrago de la memoria de Dios,
el muñeco que el mundo inventa para justificar su existencia.
Soy el que pasa como se pasa una hoja de la Biblia,
soy el oscuro huésped.
El instrumento.

El discurso del loco
Tú y yo estamos aquí, olvidándonos a nosotros mismos...
El ojo silencioso contempla la cansada luna desierta en su trágico trono hundido;
cae en sus frías manos como una espiral de sangre pura, adiestrada al vacío,
al corazón de la noche refraxctaria sobre los caminos ya sin rumbo.
La mano y la luna contemplan al ojo baldío revoloteando en la boca de la Isla sola,
sola en sí misma,
de perfil abofeteada, orinada,
de groseros héroes en la espuma que la cerca.
Tú y yo estamos aquí,
amarrados por dentro como cuerpos hambrientos que nacen de la nada,
que resucitan de sus amores,
mármol con que están hechos a su imagen en la cara de la Isla.
El ojo se descubre en la luna plástica que se pare sola en la costilla del hombre,
en el trueno que huye de la Isla como de su espejo.
En el rojo árbol de los sacrificios la difunta mano llora sola,
en lo folklórico de la mesa del amante que se pudre en la locura,
que se pudre en los vicios de la ida y el regreso,
en el último canto del gallo imperial.
La mano esculpe en el vacío del tiempo que nos deja,
nombra las cosas,
reduce cada átomo del silencio y la agonía;
se despide de la Isla muriendo sola,
del ojo ciego y el cuerpo asumiendo los hábitos de las hogueras,
de la voz sorda trepando por la bóveda esmeralda enterrando la Isla.
El ojo, solo, mustio de pronto
anda como un romántico ser asesinándose a sí mismo en los laureles,
borracho por la sórdida mano que creó su rostro con el barro de la Isla.
La mano antigua de los espejos bronceados
traza en las penumbras el nombre que da luz al ojo arrastrado por la tierra,
por las llamas que ciegan en la alta noche.
Ruinas de la mano del hombr sin Isla,
sin ojo.
Solo.
La luna siempre presente, cortés, inmutable
igual a una biblioteca entre los siglos y el hombre y la Isla.
El hombre muerto, solo,
el ojo, la mano.
La Isla.
Tú y yo estamos aquí;
la Isla es el infierno y se levanta entre los muertos y mira la luna
que le recuerda su nombre,
su otra cara más profunda, más insondable, más vieja.
Los gloriosos gusanos como velas nocturnas navegan por sus pies,
naufragan en la mano que escupe el ojo de la Isla sola.

(s/t)

Abstracto, místico y voluptuoso
como y bebo como la más gentil de las criaturas,
en un sueño de cenizas verdes que se pudre con la mañana.
Un sueño fijo en el tiempo irreverente cayendo en las olas del destino.
Soy todas las cosas y ninguna en el traslúcido reflejo de la luna,
la luna tatuada que es la noche pariendo en el rostro del tigre.
La palabra muriendo en el ojo de Dios como payasos desterrados,
y yo soy Dios en las lágrimas de la mujer que me dio la vida,
el sueño y la muerte.
El paso agreste del asesino sobre las hojas del río,
el brillo de la navaja y la quietud de la sangre en el vientre
me revelan las ruinas de la vida muriendo sola en la mesa de un bar
la borrachera de los días cabalgando las parábolas de la memoria
como rejas antiguas sobre la boca envejecida.
Los hastiados crepúsculos en las mismas tardes de la ciudad enferma,
el cercano mar perpetuo surcado por las aves invernales
anunciando en la estela de las rocas la fugacidad del tiempo.
Las soledades epicúreas llaman en la puerta como perros proféticos,
y las charcas en los cuerpos cada vez son más profundas,
más insondables,
los ojos dulces de la muerte desde la tierra repasan mi agonía,
la muerte es la vida como el sol todas las estrellas del universo.
Ayer fui, hoy seré el reflejo en otro espejo más oscuro,
disperso sobre rígidas paginas en blanco en la voz del cielo,
en la sangre antigua labrando en las penumbras su destino

como un extraño poema en la tumba que salva el nombre que me cubre el frío,
el nombre de oro, que pare el mundo que me vive con todos sus desvelos.
Nacer es morir un poco cada día,
romper el universo que la memoria sueña...
El árbol es la escritura de todo lo vivido,
el río seco por el llanto estéril del hombre,

como blancas manos de los signos que se despiertan en el silencio de las tumbas,
el amargo sueño de la juventud perdida.
Templos sordos donde desfilan todas las miserias,
todos los vicios,
el naufragio de la vida.
Soy la representación del mundo.
El arquetipo.

Los días del payaso

Un viejo libro es lo que queda del poeta
en un perdido callejón del tiempo,
en una tumba entre el río y el mar,
en las pupilas de una mujer que espera a su amante,
por su asesino,
en el espejo de la memoria de mi madre,
en un sillón de las tardes de quien me nombra con su amor.
Ilusión,
vanidad,
las cosas que me habitan,
lo que ya no somos.
Quiero morir en la levedad de tu cuerpo,
nacer de ti,
como nacen los versos de la sangre,
ahogarme entre tus piernas,
escribir desde tus más intrincados orgasmos.
Escribo para traducirme a mi mismo,
crearme en cada palabra,
inventarme,
como Dios cuando soñó que era poeta.
El universo y yo somos la misma metáfora,
el arcano,
quien busca la verdad sabe que se engaña,
como besarte es soñarte con mis labios.
Siempre seré,
aunque esa sea la cruz más pesada que en mis días he de cargar,
porque no es morir,
sino nacer.
Quién ha visto el corazón de la madre,
el pensamiento,
lo que sufro.
Al poeta.
Qué será de estos ojos infinitos que todo lo ven,
que todo lo sienten,
como un océano sitiado se vuelven a la noche,
a la tierra,
al origen.
Los sueños son un barco en la ciudad,
una prisión,
mi otro cuerpo,
un viejo libro sobre el rostro del que muere,
la profecía de la puta al leer mi mano,
la agonía del que escribe,
son la herencia que me deja cada estación,
no la vida
sino la ausencia en las páginas intraducibles del destino.
La poesía es esa asesina que me busca a toda hora,
que no se aparta de mí,
que me chupa.
Quiero nacer de ti,
nacer de mí,
morir en ese viejo libro que queda del poeta.